Confinamiento y economía: Movilización desde la perspectiva económica

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Blog Académico

En plena pandemia muchos ciudadanos se escandalizan por la falta de solidaridad de varios de sus recíprocos, al no acatar las medidas de confinamiento no quedándose en casa. Sin embargo, desde el punto de vista económico, es completamente racional tal conducta, incluso en un estado utópico en el que todos los ciudadanos tuvieran garantizado el derecho a su salario mensual habitual quedándose en casa. De acuerdo con la teoría de juegos, el confinamiento total de la población no es un equilibrio de Nash, a no ser que exista una alta capacidad de aplicación efectiva de sanciones. 

Las conductas de los individuos generan externalidades. Éstas son efectos externos a determinadas conductas que benefician o perjudican a terceros no involucrados. En nuestro caso, las personas confinadas en sus casas generan una externalidad positiva en el resto de la población, ya que, al limitar su movilidad están reduciendo la probabilidad de contagio y tasa de expansión del virus. Por el contrario, las personas que no observan las medidas de aislamiento, prevención y distanciamiento social, los “movilizados”, ejercen una externalidad negativa sobre los demás, al incrementar la tasa de crecimiento de contagios. La gran interconexión existente, debida especialización productiva y los rendimientos crecientes de escala, tan característicos de hoy en día, aumenta nuestra vulnerabilidad a la pandemia como sociedad.

Las externalidades negativas surgen por el hecho de que el costo privado asociado a una determinada conducta o acción es menor que su costo social y este costo social no es internalizado: el sujeto decide realizar una acción basándose exclusivamente en el costo privado generado, y no en su costo social. La no internalización del costo social ocasiona que la acción tomada privadamente sea subóptima socialmente. La única manera de corregir ese nivel inadecuado de actividad (movilidad) es exigirle al sujeto que daña, una compensación o sanción (impuestos de Pigou), de manera que se le obligue a considerar en su análisis de alternativas no sólo el costo privado generado sino el costo social de su acción.

En cierta manera, dicha conducta de movilización tiene paralelismos con las externalidades negativas causadas por los llamados anti-vacunas. El auge del movimiento antivacunas se debió a un artículo publicado en una prestigiosa revista científica en 1998 relacionando la vacuna triple-vírica con el autismo. A pesar de que el artículo y el médico fueron desacreditados (el estudio fue refutado en numerosas ocasiones y el Tribunal del Consejo Médico General consideró probadas 32 acusaciones de fraude y abuso de menores con discapacidad), el incremento en el número de niños sin vacunar por este movimiento ha propiciado la reaparación de enfermedades que hace tiempo se daban por extinguidas.

Tanto los antivacunas como los “movilizados” son considerados agentes “free-riders” también llamado “polizones” en economía. Los polizones no tienen incentivos a cambiar su conducta ya que se benefician de las conductas de vacunación/confinamiento de los demás incluso si no acatan dicha “norma social”. Dado que las elecciones estratégicas del resto de la población crean una barrera efectiva de contagio para el polizón, el no confinamiento es una conducta óptima con un coste privado esperado asociado muy bajo. De ahí que la conducta polizona siempre exista en equilibrio.

Además de posibles sanciones, existen varias propuestas de políticas de salud pública para combatir el auge del movimiento antivacunas. Recientemente se publicó un artículo muy interesante en el “American Economic Journal: Economic Policy” de los autores Christopher S. Carpenter y Emily C. Lawler. Dicho artículo analiza los efectos directos e indirectos asociados a la imposición a los estudiantes de la obligatoriedad de ciertas vacunas por parte de los centros de educación secundaria en Estados Unidos. La originalidad del artículo reside en el análisis de los efectos indirectos de vacunación cruzada (cross-vaccine spillover effects), es decir, analiza si dicha política incrementa igualmente las tasas de vacunación de otras enfermedades recomendadas para adolescentes, pero no obligatorias para los centros. Utilizando un modelo de diferencias en diferencias, los resultados muestran que la reglamentación estatal en Estados Unidos ha incrementado la tasa de vacunación de Tdap (tétanos, difteria y tos ferina) en la población de 10-12 años en 13,5 puntos porcentuales y que la incidencia de la tos ferina se ha reducido. Asimismo, estos efectos se han trasladado a otros tipos de vacunas: en este grupo de edad, la vacunación contra el meningococo ha aumentado en casi tres puntos porcentuales y la del virus del papiloma humano ha aumentado en cinco puntos porcentuales. Al parecer, los efectos son mayores en el caso de jóvenes con un nivel socioeconómico bajo.

Equilibrio y diferencias socioculturales

No todos los sujetos exhiben un comportamiento egoísta en equilibrio. Aunque, para muchos, el cumplimiento del confinamiento en sus casas se debe principalmente a un interés individual propio de no exposición, otros muchos siguen la norma social de confinamiento por solidaridad con los demás sujetos. El discurso que circula en Canadá (“estamos tratando de cuidarnos unos a otros, así como a nuestros semejantes en todo el planeta”) refleja dicha solidaridad social.

El ejemplo de Corea muestra que una buena coordinación gubernamental y el alto acatamiento de las indicaciones por parte de la ciudadanía fue suficiente para contener la pandemia. La manera en la que las naciones afrontan la pandemia difiere no sólo por las diferencias en infraestructura y recursos sanitarios de los que disponen sino también por diversos factores socioculturales. ¿En qué medida afectan los elementos socioculturales al grado de acatamiento de las medidas de prevención por parte de la ciudadanía en equilibrio?

Por un lado, debemos tener en cuenta el sentido de sacrifico societal, en cierta manera positivamente correlacionado con el grado de altruismo inherente en la sociedad. El documental La Revolución Altruísta muestra evidencias (de una investigación en campos tan diversos como las ciencias políticas, la psicología, la sociología y la economía) de que el altruismo es intrínseco en los seres humanos. El altruismo puede ser concebido como un “altruismo bidireccional”, del que se espera algo a cambio, en oposición al “altruismo unidireccional”, aquél cuyo fín es ayudar a otros sin esperar ninguna retribución a cambio. Desde la perspectiva de la economía conductual, el desarrollo del altruismo unidireccional está relacionado con la generación de un beneficio interno de bienestar percibido por quienes las practican. Estos patrones de conducta son o bien adquiridos desde el grupo social y familiar de pertenencia o bien culturalmente aprendidos. La filantropía, por ejemplo, forma parte inherente de la cultura anglosajona. En naciones como Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, Holanda o los países escandinavos, la filantropía está muy implantada en la sociedad e impulsada por la implementación de incentivos fiscales. Pero más que por motivos económicos, parece responder a una cuestión ética. Según la ética protestante, si una persona se enriquece en una sociedad, está moralmente obligada a responder ante ella, devolviéndole una parte de dicha riqueza. Según la ética católica, en cambio, la caridad debe impulsarnos a ayudar al necesitado, pero no es concebida como una obligación moral.

Por otro lado, las reglas de sociabilidad y el sentido colectivo propio de cada cultura juegan un rol significativo en el control de la epidemia influyendo en el tamaño del coste individual privado generado por el confinamiento. Históricamente, los países anglosajones se han diferenciado de los latinos porque son más individualistas, con círculos sociales más reducidos y relegados a un segundo plano. En cambio, en los países mediterráneos y latinos, la identidad colectiva está basada en la interacción en grupo. Dado que el impacto del confinamiento sobre la vida cotidiana es más disruptivo en los países con vínculos comunitarios más estrechos, el costo privado asociado al confinamiento es mayor, ocasionando que las medidas de aislamiento social sean más difíciles de cumplir y el contagio más difícil de contener.