Felicidad y esperanzas

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Blog Académico

No son pocas las notas que describen la condición humana, es decir, aquello que expresa lo que define a la persona humana.

Reconocemos, por ejemplo, al hombre como una realidad abierta, necesitada de comunicación, no sólo con los otros sino consigno mismo en primer lugar. Este afán de comunicación, de exteriorización, alcanza su plenitud en la comunión con Dios. Comprendemos, además, a la persona como un ser libre, dotada por Dios de esa libertad que le convierte en imagen y semejanza de su creador.

Experimentamos también, a la persona humana como un ser capaz de amar y de ser amado; de dar y recibir. Recordemos, además, como los griegos -y luego los modernistas- entienden al hombre como un ser eminentemente racional, no sólo dotado de inteligencia, sino capaz de proyectarse en el tiempo, asumiendo su pasado y presente.

Pero, entre todas estas notas, existe una que lo eleva de sobremanera y que en el cristianismo, alcanza una magnifica manifestación. Nos referimos a la búsqueda permanente de la felicidad. Sí, la persona humana busca la felicidad, la dicha, el gozo; queremos ser felices y desplegar nuestra existencia en la búsqueda de este don tan preciado.

Para muchos, la felicidad está en aquello que le distingue y realza ante los otros: el dinero, el poder, el reconocimiento social, etc. Otros, lo buscan en el alcanzar metas personales: una carrera exitosa, un mejor matrimonio, un logro social, un triunfo ideológico. Es decir, en un estándar de vida que le permita transitar por esta vida bien, y ciertamente, ¿qué de malo tiene todo esto? Aparentemente nada, es lo que buscamos. Pero, al final del día, parece que todo esto que brilla y deslumbra no es suficiente.

¿Qué pasa?, pasa que la felicidad no es algo que alcancemos, exclusivamente, por nuestro esfuerzo personal, por muy legítimo que pueda parecer. La felicidad tiene que ver con lo que somos realmente; tiene que ver con el conocimiento de nuestra realidad y con el conocimiento de lo que la vida nos va enseñando. La felicidad tiene que ver con la aceptación libre, no sumisa, de los acontecimientos y de lo que somos capaces de hacer en ellos.

En este sentido Jesús, con el “discurso de las bienaventuranzas”, nos invita a recorrer un camino cierto para alcanzar la felicidad. Nos enseña que son felices los pobres, los que lloran, los que tiene sed de justicia, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los que son calumniados, los que son perseguidos por su nombre… Si, este es el camino que el Señor nos ofrece.

Pero quienes están inmersos en los “desafíos” de este mundo, no pueden entender. ¿Cómo se podrá ser feliz pobre, padeciendo la injusticia, calumniado, perseguido? Ciertamente Jesús no nos convoca al sufrimiento injusto, a la pobreza que humilla, a la injusticia que aplasta o a la calumnia que mata.

No, lo que hace, es invitarnos a vivir la vida como ella se da, por cierto no por el querer de Dios, sino por el pecado y la indolencia propia de nuestro actuar. Dios no quiere la pobreza, la injusticia, la persecución y la calumnia. Pero, la verdad es que estas realidades humanas se dan. La clave está, a nuestro entender, en la capacidad de enfrentar la vida con todo lo que ella lleva.

Feliz será aquel que, a pesar de todo, tiene claro el sentido de la vida; aquel que se levanta ante lo adverso; quien lucha ante lo injusto y busca tener una mirada limpia del otro y el mundo.

Felicidad y esperanza deben ser las coordenadas en las cuales nuestra vida se despliegue, pero cuando los parámetros son la competitividad, el individualismo, el exitismo, el “emprendimiento” a todo costo, el encuentro con la felicidad no es posible. Cuando esto ocurre, la esperanza se ve como un espejismo al final del camino y la felicidad se viste de fiesta.